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Capítulo 87:
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“Mi amor, te prometo que no vuelvo a hacerte otro bebé”, le dice Zeus a Beverly completamente afligido, viendo como ella sufre y se retuerce en la cama.
“Ni creas que va a ser hijo único… por años yo lo fui y no es divertido”, comenta ella
“Sí, pero ahora tienes tres hermanos, no te puedes quejar. Además, su prima va a ser como su hermana”, dice él.
“Tú mismo lo dijiste, su prima será como su hermana, pero no lo será. Así que…”.
“¡Aahh!”, Zeus se aguanta el apretón de mano mientras ella sufre otra contracción.
En la habitación del frente, Jack está con Luna, quien está un poco más tranquila soportando los dolores de una manera diferente.
“Ya falta muy poco mi amor… sólo respira profundo y mírame Pronto conoceremos a nuestra Helina”, cuando Luna lo hace, Jack puede ver el reflejo del dolor, pero también del amor que la embargan en ese momento.
“Sí, mi amor, falta muy poco…
Dos horas después, ambas están empujando para dar a luz a sus hijos, Jack no deja de animar y de sostener alguna para ayudarla en el proceso, hasta que, de pronto, ella se deja caer en la cama con un alivio en el rostro y una enorme sonrisa. El llanto calmado de una nueva vida llena la habitación y en pocos segundos Jack se ve con su hija entre sus brazos.
Si alguna vez pensó que no podría amar a otra persona que no fuera Luna, se equivocó. En cuanto sus ojos, se encuentran con el rostro de su hija, sabe que está profunda y perdidamente enamorado de ella. Y sabe qué le pasará lo mismo con cada uno de sus hijos.
“Es tan hermosa como tú”, dice él.
“Y pequeña…”, sonríe Luna sosteniéndola sobre su pecho y dejando un beso en su cabecita.
La enfermera le pide a la bebé unos minutos para poder pesarla y medirla, luego se la vuelven a entregar y Luna comienza a alimentarla. Jack se sienta a su lado y las abraza a ambas, disfrutando de aquel momento tan íntimo y bello con su familia.
Enfrente, el pequeño Apolo berrea casi derribando el edificio con su llanto, hasta que Beverly lo que calla colocándole un seno para que pueda alimentarse, Zeus, quien se ha desmayado de la impresión, está recuperándose a su lado en una silla y sonriendo, satisfecho porque su pequeña familia está en perfectas condiciones.
Dos días después ambas son dadas de alta y sus hombres deciden llevarlas a cada una a sus propios hogares, aunque en el caso de Jack y Luna, la mansión Rochester es su nuevo hogar. Luna se acomoda en la cama y Jack le acerca a Helina para alimentarla, luego de haberla cambiado.
“No puedo creer… que de un hombre como yo saliera una pequeña tan perfecta como tú”, exclama.
“Es porque la hicimos con amor”, espeta ella.
“Yo pensé que la habíamos hecho con venganza”, le dice él sonriendo seductor.
“Bueno, digamos que fue cincuenta y cincuenta, tal vez por eso salió tan perfecta”, los dos se ríen bajito y Helina se aferra a la mano de su padre”, responde ella.
Desde pequeña sabe que puede confiar en su padre.
“Al verlas así, trato de recordar alguna vez en mi vida en que haya sido así de feliz, como lo soy ahora, y los únicos recuerdos que vienen a mi mente son los que pasé con mis padres”, comenta él.
“Y eso es bueno, porque así verás que tuviste una linda familia, al menos por un tiempo… pero ahora tendrás la propia y podrás hacer grandes cosas por tus hijos”, dice ella.
Jack besa suavemente a Luna y justo en ese momento Helina emite un gruñido. Los dos se quedan mirando con los ojos abiertos y luego se ríen pensando en que su pequeña hija tal vez demostró unos ligeros celos.
Cuando termina, Jack la llevaba su pecho para votarle los gases y allí la familia se pierde en ese momento feliz. Los tres se quedan dormidos así, Jack con Helina en su pecho y con un brazo rodeando a Luna en un abrazo, quien también pasa su brazo a por su abdomen y así los dos crean un círculo de protección para su pequeña.
Momento que es capturado por Thomas y toda la familia se queda admirando con ojitos de amor.
Y así es como aquella niña engendrada producto de una venganza que nunca tuvo sentid, resultó ser la niña amada de un hombre oscuro y a veces siniestro, pero que sin duda cuando ama lo hace con tanta intensidad que cualquiera puede quedar opacado a su lado.
Tres hermosos y caóticos meses habían pasado desde que Helina había llegado a la vida de Jack y Luna, tiempo suficiente para ponerlos de cabeza, pero nada que un niño no haga la vida de sus padres.
En el segundo piso, en uno de los cuartos de la casa, Luna se mira al espejo y siente como si estuviese en un sueño. Bernadette le ofreció amablemente su vestido de novia, el que pensó guardar para sus hijas, pero como no las tuvo, las tenía para sus nueras. Sin embargo, Luna se merecía muchísimo más el poder usar una pieza tan majestuosa.
“No puedo creer que te casaras con este vestido… ¡Es precioso!”, dice la joven emocionada.
“¿Verdad que sí? Y tú te ves como una princesa, cuando Jack te vea acercarse a él va a querer morirse”, comenta ella.
“Pues más le vale que no lo haga, porque si no va a estar en serios problemas”, Bernadette y Beverly se ríen de Luna por la cara de ogro que pone.
Cada vez los papeles en la pareja se invierten más, el Jack que todos conocimos al inicio se ha ido a alguna parte y sale de vez en cuando para las ocasiones en que debe ponerse firme.
Elyan llega a buscar a su pequeña y las otras dos mujeres salen de allí, unos segundos después que ellas salen, llegan los gemelos y Elyan les cede el lugar. Los tres caminan escoltando a Luna y la ayudan a bajar la escalera con ese enorme vestido.
Elyan va a tomar su posición a la mitad del camino, mientras los hermanos se quedan observando todo el lugar.
“¿Pudieron verlo?”, pregunta Luna a sus hermanos.
“Yo sí, porque este es tan cobarde que ha estado escondido toda la mañana en el despacho de papá. Estaba muy nervioso, parecía a punto de correr a buscarte”, dice Mason riéndose de su hermano.
Luna se ríe y espera a la señal para comenzar a caminar hacia el improvisado altar. Bernadette levanta sus pulgares, la música comienza a sonar y ella comienza a caminar junto a sus hermanos, uno a cada lado, llevándola hacia el hombre de su vida.
Cuando al fin logra ver a Jack, se siente como si estuviese en las nubes, como si nadie más existiese en el lugar, sólo ella y él. Cuando llegan junto a Elyan, los gemelos le entregan la mano de Luna y padre e hija continúan aquel recorrido.
A medida que se van acercando, Luna siente cómo las mariposas se van desapareciendo, poco a poco va regresando a la Tierra y sólo puede esbozar una sonrisa de completa felicidad al saber que unirá su vida a la de su hombre para siempre.
Elyan le entrega la mano de Luna a Jack y ellos se quedan mirando por algunos segundos, Jack no puede creer la suerte que tiene de estar con aquella muchacha tan hermosa.
“La princesa de mi corazón hoy se convertirá en mi reina…”, deja un suave beso en sus manos y prestan atención al oficial de la ceremonia.
Todo transcurre sin muchas interrupciones. Para cuando lo declaran marido y mujer, ambos se dan un beso tierno y luego se dejan abrazar por todos los presentes.
Todos le dan paso a la feliz pareja lanzando pétalos de rosas en el camino para seguirlos hasta el lugar en donde se continuará con la celebración de aquel día tan feliz. En cuanto ellos se paran en el centro del lugar, comienza a sonar la suave melodía de un precioso vals.
Jack se siente sumamente afortunado, no puede creer que aquella muchachita tan sencilla e inocente que llegó a su oficina hace más de un año. Ahora esté allí, tomándole la mano y lista para bailar el vals, como toda una señora Gosling.
“¿Estás segura de que quieres renunciar al apellido de tu familia?”, le pregunta a él rodeando su cintura con una mano.
“Muy segura. Nunca dejaré de ser la hija de Elyan Rochester, es muy probable que los gemelos se encarguen de que todo el mundo lo sepa, pero al llevar tu apellido todos sabrán que soy tuya y que tú eres mío, así que nadie podrá mirarte más de la cuenta”, dice ella.
Ella lo aprisiona contra su cuerpo y Jack se ríe nervioso, porque esa Luna que tiene enfrente es demasiado diferente a la que conoció… y le encanta. Van moviéndose al ritmo de la música como si estuviesen flotando.
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