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Capítulo 113:
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Nuestra relación se afianzó demasiado con la llegada de sus nietos, y me gusta.
Realmente me gusta tenerla cerca, por eso no me lo pensé dos veces, además de que sería la última vez en que la vería, por mucho tiempo puesto que, con papá decidieron irse de crucero ahora que todo se ha acomodado.
“Me llamas apenas sepas dónde te llevará papá”, susurro a mi madre, antes de bajarme del coche.
Ella sonríe.
“Por supuesto. Tengo que comprar ropa adecuada, pero conociendo a tu padre, seguro que es un crucero por el caribe. Despídeme de mis monstruitos por mí, no sé si de verlos seré capaz de irme por unas semanas”.
Niego con mi cabeza.
Mamá se ha convertido en la abuela que nunca tuve, presente, interesada por sus actividades, por qué les hace falta y cosas así.
Es lindo de ver.
“De acuerdo. Te haremos una video llamada en cuanto estés en el crucero. Así no tendrás oportunidad de arrepentirte”
Mi madre se aproxima a darme un beso en la mejilla. y luego a Brooklyn antes de alejarse con los ojos cubiertos de lágrimas.
“Serán unas semanas difíciles”.
“Claro que no. Serán fascinantes porque irás de vacaciones con papá. Nosotros estaremos aquí cuando regresen”.
Asiente, sorbiendo por su nariz.
Dice entre lágrimas que tiene que irse antes de que cambie de parecer y por eso me despido con ella con una mano en lo que abandona la entrada de mi casa.
Sostengo a mi hija en lo que volteo a ver la gran fachada.
Las luces están encendidas en el piso de abajo, pero ninguna luz prendida en el piso de los niños, lo que me tiene algo inquieta.
Por teléfono no quise decirle a Adam que creía que era incapaz de cuidar a nuestros hijos, por qué sé perfectamente que no lo es, sin embargo, no creo que pueda encargarse solo pues incluso para mí es difícil a veces y eso que yo ya crie una hija en soledad.
Con dos es diferente.
Todo es distinto, incluso el estrés viene por dos.
Agradecida de haber tenido una noche libre, regreso a mi papel de mamá y esposa en cuanto cruzo la puerta de entrada con Brooklyn en brazos.
No hay nadie en la sala, ni en la cocina.
Subo las escaleras hasta la habitación de mi hija a quien desvisto rápidamente para dejarla cómoda con una de sus pijamas largas después, y le dejo una tenue luz. encendida, la cual la acompaña casi todas las noches.
Beso su frente antes de dejarla sola y en cuanto salgo de nuevo hasta el pasillo, camino derecho hasta la habitación de mis mellizos.
Por mi cabeza solo veo caos, prácticamente todo dado vueltas, ropa por todos lados e incluso esperaba oír llantos, pero las cosas cambian cuando veo qué sucede dentro de este cuarto, y mi corazón no puede explotar más de amor, porque es justo eso lo que siento, por cada poro de mi cuerpo, brotando sin parar.
Adam yace dormido en la mecedora con nuestros dos hijos acomodados sobre su pecho.
Todavía son pequeños, pero los envuelve con los brazos, protegiéndolos incluso en su sueño más profundo y es que es sorprendente este asunto, porque a pesar de que los niños llevan más de dos meses con nosotros, Adam pocas veces quiso tomarlos por temor a hacerles daño, pero hoy cambió por completo.
Lo siento.
No quisiera despertarlos, pero todos debemos dormir en nuestras camas.
Me acerco con cuidado y tomo a mi príncipe bello de sus garras que apenas y lo liberan sin despertarlo.
Mi pequeño bebé, mi bombón, el hombrecito de mamá.
Beso su pequeña frentecita, olfateo sus manitos tan diminutas e incluso el aroma a bebé que tiene en el cabello mientras él se queja por no poder acomodarse bien.
Soltando un suspiro, sin querer dejarlo en su cama, me veo en la obligación por la hora que es pues sé quedos niños no perdonan cuando deben despertar por la mañana.
Son puntuales, a las siete ya están despiertos y molestos, así que necesito descansar.
“Descansa, mi amorcito”, susurro, arropándolo con cuidado con una frazada demasiado liviana.
Me toca ir por mi princesa.
Con el mismo proceso la dejo en su cama después de llenarla de besos y finalmente me acerco a mi esposo.
Me coloco entre sus piernas, paseo las manos por sus brazos para despertarlo despacio, sin embargo se acelera abriendo los ojos de inmediato, buscando en sus brazos vacíos a nuestros hijos.
“¡Los niños!”, dice alarmado, poniéndose de pie.
Está como loco, buscando en todos lados, hasta que se percata de que están en sus cunas, dormidos.
Es ahí cuando suelta un largo suspiro, tomándose el pecho con su mano.
“¡Casi me matas del susto!”
Me río levemente, abrazándolo por la cintura.
“Cariño, llevo más de veinte minutos con ellos aquí. Te quedaste dormido con ambos en brazos”.
“Sí. Comenzaron a llorar juntos y no sabía cómo pararlos. Tuve que abrazarlos a los dos después de darles los biberones y nos quedamos dormidos. ¿Y Brooklyn?”
Hago una mueca.
Sé que le fascina ser él quien la arrope por las noches, pero hoy no se pudo.
“Cuando llegamos estaba dormida ya, lo siento”.
Niega con su cabeza.
“No pasa nada, le haré un desayuno cinco estrellas”, comenta.
Apenas ahí se permite estirarse y bostezar.
“¿Cómo te fue? ¿Disfrutaste la salida?”
Le sonrío, aferrándome a su cintura cuando se acerca.
Su cara adormilada es de lo más lindo que he visto en mi vida, más la sonrisa tierna que pone al sentir mis caricias en su espalda.
Adam y yo no hemos tenido mucha cercanía.
Lo tengo bastante descuidado a mi esposo porque el día tiene pocas horas y ambos preferimos enfocarnos en nuestros hijos, que básicamente son lo importante.
Me prometí a mí misma que apenas mamá regrese de sus vacaciones, dejaré a los niños aunque sea una semana a su cuidado, porque me lo pidió, para poder enfocarme en mi esposo.
Además, mi cuarentena terminó hace tiempo y mi cuerpo echa de menos el suyo.
Creo que no soy la única que esté en ese estado, porque con mis leves caricias, su fiel amigo comienza a interponerse entre nosotros, secándome la garganta por las ganas intensas que tengo de tenerlo en la boca.
“Estuvo bien, pero eché de menos mi hogar”.
“Nosotros también te echamos de menos”, susurra, observando fijamente mis labios.
“Esto se siente vacío si no estás aquí conmigo”.
Trago grueso.
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