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Capítulo 709:
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Al verlo superar sus límites, Verena no pudo contener sus elogios. «Sabía que lo conseguirías. Mira lo lejos que has llegado».
Con su apoyo, Isaac ya había recorrido una distancia sorprendente.
Al bajar la mirada, se fijó en la tensión de sus esbeltos brazos, en las venas que se marcaban levemente bajo la piel y en las gotas de sudor que brillaban en su frente lisa.
Una punzada de dolor le oprimió el corazón. Le tomó suavemente su delicado brazo, con la respiración entrecortada, y dijo: «Ya es suficiente por hoy. Descansemos un rato».
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Verena asintió con una sonrisa. «De acuerdo, descansemos un rato. Debes de estar agotado».
Lo guió con cuidado hasta el sofá.
Una vez sentados, le sirvió un vaso de agua y se lo tendió con tranquila insistencia. «Toma, bebe. Necesitas recuperar fuerzas».
Dio un sorbo a su propio vaso y luego dijo con calidez: «Isaac, al ritmo que te estás recuperando, tus piernas se curarán por completo. Volver a caminar como antes es solo cuestión de tiempo».
Dejó el vaso sobre la mesa y se giró ligeramente, incapaz de ocultar su alegría. «Piénsalo: en tan poco tiempo, ya has conseguido caminar por tus propios medios. La rapidez de tu progreso es extraordinaria. Si mantenemos este ritmo, junto con los métodos de curación que estamos utilizando, no tardarás mucho en poder volver a caminar, e incluso a correr, con total libertad».
Caminar… correr…
Palabras que antes rechazaba, palabras con las que no se atrevía a soñar.
Pero ahora…
Isaac alzó los ojos, llenos de anhelo, y miró a Verena. Sus ojos brillaban con un suave resplandor, su sonrisa era tan tierna que deseaba protegerla para siempre.
Esa mirada suya tocó el rincón más frágil de su corazón, como si llevara un hechizo que solo ella podía tejer.
El amor lo inundó. Rápidamente dejó a un lado su copa. Al instante siguiente, rodeó su cintura con sus fuertes brazos, atrayéndola hacia sí como si estuviera acunando el tesoro más preciado de la tierra.
Inclinó la cabeza, apoyando suavemente la mejilla contra su vientre redondeado, sintiendo el calor y el débil latido de la vida.
En aquel abrazo, las palabras se hicieron innecesarias.
Cerrando los ojos, Isaac dejó que aquella tranquila calidez lo impregnara por completo.
Esto… esto era el hogar que había anhelado.
Con ella a su lado, con la creación de su amor en su interior, la sombra del dolor y la desesperación se disolvió como la niebla al amanecer. Inspirando profundamente su aroma familiar, susurró:
«Verena, gracias… por todo esto».
El corazón de ella se le llenó de alegría al verlo. El amor inundaba su mirada.
Le pasó los dedos por el pelo, se inclinó y le susurró al oído: «Isaac, a partir de ahora, las cosas solo pueden ir a mejor para nosotros».
Isaac esbozó una leve sonrisa y, como respuesta silenciosa, acurrucó la cara contra su cintura.
Justo en ese momento, un pensamiento cruzó la mente de Verena.
Sus labios esbozaron una sonrisa pícara y su voz adquirió un tono de chisme. «No puedo evitar preguntarme qué será de Luis y Miranda. ¿Crees que durarán?».
Esas palabras despertaron una chispa de celos en Isaac.
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